Honorable Cámara de Diputados, Honorable Cámara de Senadores, Honorable Concejo Deliberante. Cámaras muchas, honorables pocos y democracia ineficiente.
Estamos en un momento de la historia donde debemos dejar de lado nuestro sistema legislativo, el cual es deficiente en todos sus aspectos y es incluso peligroso para la democracia. Es hora de dejar fuera de juego a los acomodados del poder, que poco entienden de la realidad comunitaria y solo siguen a su lider, el cual tiene como único propósito perpetuarse como tal.
Es posible encontrar un sistema superador del actual, donde cada persona ejerza su derecho político, su derecho a ser parte de la vida pública. Su derecho a ser escuchado y votar por la decisión final. Son derechos que poco a poco nos fueron robando en pos de una élite de la cual el ciudadano de a pie poco conoce y nada puede controlar.
Las cámaras de representantes son una herencia de los albores de la democracia, donde el aumento de ciudadanos aptos para ejercer sus derechos complicó la existencia de espacios comunes a toda la sociedad. En la antigua Grecia, los ciudadanos podían juntarse en su plaza y levantar la mano para opinar o votar. En nuestra actualidad, este sistema sería por completo inviable; no hay lugar físico que pueda contener a toda la población de un pueblo, ciudad, estado, etc... y los debates serían interminables.
Pero la solución actual a este problema, por más evidente que parezca su concepción, resulta bastante ineficiente cuando se trata de representación. ¿Cuántos de los votantes se toman el trabajo de leer el listado completo de legisladores del partido que piensan votar? Y de los que sí conocen los nombres de cada uno en la lista ¿cuántos conocen la trayectoria y el pensamiento de todos los de la lista? Y aún conociendo fehacientemente a todos los candidatos ¿estás de acuerdo con todos los de la lista?
Entendamos que aunque muchos candidatos participen del mismo espacio, no todos piensan exactamente lo mismo en todos los aspectos sobre los que les tocará legislar.
Y cuando el votante se percata de un candidato con el que no coincide en temas fundamentales, ¿seguirá votando por esa lista en particular? Y todavía pensando en el caso contrario, donde existe un candidato en determinada lista con el que el votante está de acuerdo ¿va a votar por candidatos que desprecia en su conjunto?
Sí es cierto a pesar de todo esto, que cuando se toma al conjunto general de la población, debido a la cantidad, la representación tiene a priori un buen grado de acertividad. Sin embargo, a medida que transcurre el ejercicio del mandato, el cuerpo elegido se aleja cada vez más de la representación alcanzada al momento de su elección; lo que es democráticamente peligroso dado que la tendencia es alejar el poder del pueblo, en favor de una élite gobernante (lo que se dio a llamar Casta).
Y aún pudieramos encontrar un sistema perfecto, donde los legisladores siempre representen al conjunto de la población que los votó, sigue existiendo un problema de fondo: el sistema de representantes es una mirada colectivista de la democracia. Es un sistema donde lo que importa es la opinión de un grupo, el voto que ese grupo establezca en conjunto. Es un sistema donde el invididuo queda completamente desdibujado detrás de una bandera, un emblema, un logo.
Si queremos alcanzar la verdadera libertad, debemos abandonar la representatividad en favor de un sistema donde el individuo sea el protagonista.
Junto con la representación, existe otra problemática insalvable: los representantes legislan sobre temas que no comprenden. Y están obligados a hacerlo, es correcto, es parte de su trabajo. Pero dista mucho de ser lo mejor para la sociedad en su conjunto.
Los debates en las Cámaras son discursos vacíos de contenido sustancial, solo avocados a sus repercuciones políticas, una y otra vez repetido por los miembros de un determinado bloque sin aportar nada de valor. Siendo siempre el voto decidido mucho antes de debatir, generalmente replicando el voto del jefe de turno.
Sin embargo, ya bien entrados en el S. XXI, tenemos una ventaja nunca antes vista: la informática. Estamos viviendo la era de las comunicaciones instantáneas, donde lo multitudinario es moneda corriente. Dentro de esta realidad, pensar en volver a un modelo de democracia directa, no es para nada una idea alocada.
La democracia directa echaría por tierra en un solo momento el problema de la representación: cada voz, cada opinión y cada voto estaría al alcance de cada individuo. Quién desee involucrarse en el tema de su interés, tendría la oportunidad y el derecho de hacerlo.
Existiendo redes sociales con miles de millones de personas interactuando en simultáneo, plantear un sistema de foro abierto a la ciudadanía con debate y votación en modo asincrónico es perfectamente posible. Es realizable a nivel técnico y viable a nivel experiencia de usuario (ciudadano). Es también subdividible según área geográfica, pudiendo cada individuo ser partícipe en las problemáticas de su municipio y su provincia, sirviendo de punto de encuentro a nivel nacional.
Este sistema estaría lleno de ventajas: elimina la problemática de la representatividad, reduce la problemática del clientelismo político (el favor por favor), llevaría al mínimo el costo de mantener un poder legislativo, reduciría los tiempos que lleva presentar, tratar y definir sobre un proyecto y por sobre todo, le otorga al individuo la dignidad perdida ante el colectivo, siendo democráticamente puro.
Queda además una cuestión para resolver: la calidad del debate. Por supuesto, no todos los ciudadanos son expertos en todas las áreas. Si bien el sistema es abierto a todas las opiniones, necesitamos especialistas (técnicos, doctores, filósofos, etc), para poder mejorar la comprensión del tema en debate. Y acá podemos utilizar un recurso por demás valioso: las universidades.
Ser profesor de una universidad o investigador de un instituto determinado (por ej, Conicet), pasaría a ser además de un privilegio y un honor, una condición de responsabilidad ciudadana. Este conjunto de expertos contaría con la obligación de dar su experta opinión, fácilmente distinguible de las demás, en las custiones que afecten a su área de conocimiento. Opinión que por supuesto sería retribuida monetariamente.
Desde luego, quedarían cuestiones a resolver si se decide implantar este sistema: la selección de los proyectos a tratar (que puede estar en manos de un comité elegido mediante elección), la seguridad de los datos recolectados, la identificación fehaciente del usuario (evitar doble opinión, doble voto). Son todas problemáticas típicas de cualquier proyecto tecnológico, pero que son completamente salvables.
En resumen, nuestro sistema para ejercer el poder legislativo, si bien es democrático, está lleno de limitaciones e imperfecciones. Hago pública una propuesta superadora para devolverle al individuo -al ciudadano- el poder de ejercer su derecho democrático. Un sistema informático es completamente capaz de suplantar los actuales e ineficientes cuerpos legislativos, a cualquier nivel de organización estatal. Enteniendo al individuo como sujeto de derecho, no existe nada superador a darle al individuo la libertad de opinar y elegir en los aspectos que administrar su territorio refieren.
